El campo de concentración del amor

Instalación, 2007. Mueble con pinturas, textos, canción, luz. Letra y música: Carlos Piegari.  documenta 12 Museo Wilhelmshöhe. Kassel.

Kitsch y de mal gusto. Escenas de la mitología greco-romana y uno de los principales dogmas católicos, reproducidas en un campo de concentración donde una de las barracas aparece identificada como un prostíbulo, pintadas  en un mueble. ¿Pero banalización?

La prostitución forzada en los campos de concentración del Nacionalsocialismo tuvo su primera exposición en el siglo XXI, Sex-Zwangsarbeit in NS-Konzentrationslagern, Viena 2006. Sin dudas es un capítulo incómodo de aquella historia oscura, y precisamente por eso entró tardíamente en la memoria de las cosas merecedoras de ser recordadas. De todos las edificaciones que componían aquellas fábricas de la muerte, sólo el prostíbulo, muchas veces ubicado en la entrada como en el caso de Ausschwitz,  cayó bajo un manto de silencio que duró décadas. Como si la orden dada por las autoridades del Reich de mantenerlos en secreto siguiera vigente. Antes o ahora, en estados de excepción o en sociedades democráticas, los prostíbulos, y la “institución” social que representan, forman parte de una idea del amor surgida en el siglo XII y modelada en el siglo de las luces, que transformó en derechos los históricos privilegios del varón. La prostitución forzada en los campos de concentración del Nacionalsocialismo muestran hasta qué punto forman parte de la identidad masculina.

La legitimación de esta práctica de denigrar mujeres siempre se ha dado en la esfera cultural. Un ejemplo histórico es la representación del mito del dios Pan y la ninfa Siringa, una mujer desnuda a merced del fauno que la persigue. Este mito experimentó un auge durante el siglo XVII, cuando la nueva clase empresarial lo prefirió a cualquiera de los demás temas que un pintor de la época podía ofrecer.  Una de las causas residen en que de todas las opciones, este mito ofrecía a los propietarios de la imagen la posibilidad de la contemplación social de sus privilegios de sumar a las mujeres a sus posesiones. De la misma forma con que hoy lo hacen por ejemplo las publicidades. Como dato anecdótico, en algunas ciudades holandesas de la época, las prostitutas eran llamadas “ninfas” por los “clientes” habituales de los prostíbulos. (La puta y el ciudadano, Lotte Van de Pol, 2005).

En el mismo museo en el que se expuso El campo de concentración del amor, pero algunos años antes, se realizó la exposición Pan & Sirinx, una caza erótica. Reúne una extensa documentación acerca de las múltiples y variadas versiones del mito que se produjeron durante el siglo XVII.  El título, sin embargo, naturaliza el erotismo y refuerza de esta manera la idea tradicional del amor.  Su catálogo fue una de las fuentes utilizadas para este trabajo.

Si los ideales de la Modernidad se estrellaron contra los lager del  régimen Nacionalsocialista, la realidad de los prostíbulos, ayer y hoy,  nos recuerda su normalización.

 

 

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Referentes. De la pintura superior: tablero de mesa de Martin Schaffner, 1533; diferentes versiones el mito Pan y Siringa, Rubens, Brueghel y otros. Pinturas interiores, vistas de los campos realizadas por prisioneros durante el régimen NS, diferentes representaciones del Amor y del dogma de la Anunciación. Fotos: Frank Schinski